El placer negado de estar sola
Amigas,
como no se cansa de repetir la grandérrima Marcela Lagarde, la
soledad es clave para construir nuestra autonomía.
Y mira tú qué casualidad que la soledad nos es negada a las mujeres
constantemente. ¿A que adivináis para qué? Exacto, para que
devengamos seres dependientes. Machistas de bajo rango, no saltéis
con lo de que soy una exagerada, que no es por supuesto ni la única
herramienta ni la más potente para forzar nuestra dependencia. Pero
hoy voy a hablar de esto porque es mi blog y aquí mando yo.
Hay
muchísimos prismas con los que abordar la cuestión de las mujeres y
la soledad: la creatividad, la autoestima, el conocimiento de una
misma (personal y sexual), la reflexión pausada, la evolución. Es
tan valioso saber estar sola. Yo le temí durante mucho tiempo y los
fantasmas aún me siguen persiguiendo. Con mis altibajos, aprendí a
amar la soledad y entonces descubrí nuevas facetas del machismo, que
lo único bueno que tiene es que no dejará de sorprenderme jamás.
El
placer negado de tomar o comer sola
¿Os
habéis dado cuenta de lo extremadamente difícil que es tomar algo
en un bar o comer sola? Yo de verdad que no lo consigo de forma
continuada. Al principio pensaba que era mala suerte, pero cuando se
repite tanto… amigas, fiémonos de nuestros olfatos, estamos ante
un caso flagrante de machismo.
No
me digáis que no es un placer levantarte tarde un domingo,
decidir que tienes ganas de darte un homenaje y salir a desayunar
a lo grande acompañada de ti misma y de tu bloc de notas. Te sientas
al solecito en una terraza tranquila, pides un desayuno inglés y un
bol de café en el que podrías meter los pies en remojo y te
reclinas a pensar, contemplar o sacarte mocos. Vamos, a estar
contigo.
Pero
como las mujeres resulta que en sociedad somos vistas como seres
permanentemente accesibles, enseguida llegan los moscardones
prepotentes a molestar y joderte tu rato de placer solitario.
Una
vez fue el tipo de la mesa de al lado que no dejaba de mirarme las
piernas.
Otra
un grupo de amigotes graciosos de culo sellado a cal y canto e
inseguros de su masculinidad que tenían que demostrarse los unos a
los otros quién era el más machito, y me tocó a mí ser el objeto
de prueba.
Otra
un tipo que seguro tenía un coche rojo con el tubo de escape trucado
que no callaba la boca mientras se miraba los músculos.
Otra
un viejete venido a más al que la llegada del porno a Internet le
pilló mayor y no se enteraba de que no, no quiero follar con él por
mucho que en esos videos parezca tan fácil y encima gratis.
Estos
son los pasos que siguen todos ellos a pies juntillas, como si se lo
hubieran enseñado en el colegio mientras nosotras empollábamos la
tabla de multiplicar:
- Mirar
de forma insistente y descarada, pese a saber que te está
molestando.
- Someterte
a un interrogatorio sin ofrecer información alguna sobre él.
- También
está la versión contraria: soltarte el rollo sobre su opinión
(política/metereológica/gastronómica) y realmente creer que te
importa.
- Dar
por sentado que tiene derecho a abordarte y que eso no te molesta,
pese a que ya lo único que te falta hacer para dejárselo claro es
escupirle en la cara.
- Creer
profundamente que te sientes desgraciada por estar sola y ofrecerte
gentilmente su agradable compañía. Hasta cambiarme a su mesa me
han ofrecido.
- Darte
consejos sin tener ni cura idea de ti ni de tu vida y hablarte en
imperativo.
Hablar
con extrañas no siempre es machista
Esto
no quiere decir que hablar a extrañas en bares con intenciones
erótico-festivas sea automáticamente machista. Para nada. De hecho,
tengo el ejemplo de que no es así. Lo viví yo misma en una de mis
tantas excursiones de soledad frustrada a bares, aunque esta vez el
cuento tuvo final feliz. Andaba yo disfrutando de un café calentito
y una buena lectura en uno de mis bares preferidos mientras fuera
hacía un día de mierda tan típico de esta querida ciudad, cuando
un tipo se me acercó. La conversación fue tal que así (tomad nota,
machistas insidiosos):
– Hola,
disculpa que te interrumpa.
– Hola.
– Me llamo Asid
(extiende su mano), encantado.
– Yo Limonera.
– Supongo que
querrás disfrutar de tu café a solas, discúlpame, pero es que te
he visto varias veces por aquí y siempre me ha apetecido mucho
saludarte. Pensaba que podría charlar brevemente contigo.
– Ah,
sí, no te preocupes. A mí no me suena tu cara.
– ¿Te importa
si me siento un momento aquí?
(Small
talk ameno. No me hacía preguntas sin ofrecer antes esa información
sobre él mismo. Yo no doy muestras de estar molesta, pero al rato ya
quiero volver a leer. Él lo pilla enseguida, porque tíos, SE NOTA,
lo que pasa es que normalmente pasáis de nuestras señales).
– Bueno,
te dejo ya, supongo que querrás seguir leyendo.
– Sí, ha
estado bien hablar contigo.
– Estoy sentado en aquella mesa, por
si luego quieres seguir charlando.
– Ah muy bien, hasta luego.
No
fui a su mesa, seguí leyendo aunque con una sonrisa de lado a lado
por encontrarme con un tipo tan poco agresivo y tan respetuoso, que
debería ser lo normal, pero de poco habitual, sorprende.
Cuando
estaba saliendo del bar, vino para decirme adiós y al darme la mano,
me pasó un papelito. “Este es mi número de teléfono, por si te
apetece que quedemos algún día”. Nunca lo llamé, pero siempre lo
llevaré en mi corazón como el único extraño que me trató con
respeto a mí y a mi soledad de cafetería (música de violines, por
favor).

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